Este
mes vamos a dedicarlo a una pieza que inicia "la obra más ambiciosa
de la civilización occidental" (Deryck Cooke). Dicha pieza
suele gustar mucho a los wagnerianos por su efecto músico-dramático
y constituyó una osadía en su época, por su monotonía tonal. Me
estoy refiriendo, obviamente, al preludio de El oro del Rin.
Es
interesante conocer ciertos testimonios de la época. Félix Clement
publicó una biografía de músicos célebres en 1884 (resulta divertido
ver en ella a Liszt y a Verdi sin fecha de defunción) en la que
describía la pieza que este mes nos ocupa de esta forma: "¡En
la introducción del Rheingold el canto de las ninfas se prolonga,
sobre una pedal de mi bemol, durante doscientos compases!".
Pese a que monsieur Clement detestaba a Wagner, no exageró mucho:
durante 157 compases, la nota pedal es siempre Mi bemol, y de esos
157 compases, 136 pertenecen al preludio.
Realmente
esta pieza es muy simple y por eso sorprende su popularidad entre
los admiradores de Wagner, ya que cualquiera de los interludios
de El oro del Rin es más complejo y rico en leitmotivs.
Sin embargo, un análisis pormenorizado de este preludio revela que,
pese a su estructura simple, es difícil de tocar, ya que exige gran
aliento al viento y gran legato a la cuerda; además, los motivos
se repiten con sólo ligeras variaciones y nunca cambian de tonalidad,
con lo cual resulta más difícil orientarse en la partitura. Es éste
un rasgo que mantiene en común con las partituras minimalistas (hay
más puntos de contacto, pero los veremos más adelante).
Antes
de continuar, debo indicar que, salvo que se indique lo contrario,
utilizaré las denominaciones de Deryck Cooke para los motivos de
El anillo del nibelungo.
La
pieza está estructurada en varias partes, cuyo número de compases
siempre es múltiplo de 4 (algo lógico, ya que la melodía clásica
casi siempre consta de cuatro compases, y los leitmotivs
que aparecen en este preludio no son una excepción). Así pues, el
preludio de El oro del Rin podría dividirse en la siguientes
secciones:
1)
16 compases: principio del mundo, la quinta perfecta.
2)
32 compases: las trompas desarrollan el acorde perfecto (motivo
original de la Naturaleza).
3)
32 compases: la cuerda ejecuta un arpegio que asciende con un movimiento
oscilante, mientras que los fagots y las flautas tocan una melodía
ascendente basada en el acorde de Mi bemol mayor (ambos forman el
motivo definitivo de la Naturaleza)
4)
16 compases: la velocidad se multiplica por dos, suenan los cellos
y los clarinetes (motivo del Rin)
5)
16 compases: sigue el motivo del Rin, pero ahora en toda la cuerda
y los oboes y clarinetes.
6)
16 compases: el motivo del Rin suena en la cuerda y las maderas
7)
8 compases: escalas ascendentes junto a arpegios
1)
16 compases: principio del mundo, la quinta perfecta
Se
ha hablado mucho de esta nota Mi bemol que representa la creación
del mundo. Desde la versión sobre su composición que nos dio el
propio Wagner hasta el concepto de "pensamiento acústico"
que expuso Thomas Mann, pasando por las relaciones (en mi opinión,
muy arbitrarias) que establece Gregor-Dellin entre el Mi bemol y
el "Ello" freudiano (en alemán, "Mi bemol" y
"ello" se escriben igual: "Es"). Sea como sea,
escuchar una nota tan grave y sostenida en uno de los grupos intrumentales
más graves de la orquesta (los contrabajos), crea un efecto psicoacústico
de inmensidad. La quinta superior (Si bemol) que añaden los fagots,
cuatro compases después, sólo contribuye –por el propio carácter
de las quintas vacías– a alimentar la sensación arcaica.
2)
32 compases: las trompas desarrollan el acorde perfecto
Sobre
la base de esa quinta de contrabajos y fagots, la octava trompa
empieza a exponer el motivo original de la Naturaleza, un
sencillo acorde de Mi bemol mayor desplegado con ritmo repetido
en cuatro compases.

Cuando
la octava trompa acaba este motivo, la séptima trompa la releva,
repitiéndolo.

La
octava trompa vuelve a repetir el motivo original de la Naturaleza,
pero ahora la séptima trompa entra con ese mismo motivo dos compases
después (esto es, antes de que acabe la octava). La sexta trompa
empieza dos compases después que la séptima y la quinta hará su
entrada dos compases después que la sexta. De esta forma, en cada
compás siempre empieza el motivo.

La
entrada de la siguiente trompa, la cuarta, tiene lugar un compás
y medio después de que empiece la quinta.

A partir
de aquí, las restantes trompas entran a distancia de un compás la
una de la otra, esto es, la tercera trompa entra un compás después
que la cuarta; la segunda empieza un compás después que la tercera,
y la primera un compás después que la segunda. De esta forma, las
trompas quinta, sexta, séptima y octava inician el motivo en la
parte fuerte del compás (el principio del compás), mientras que
las trompas primera, segunda, tercera y cuarta lo hacen en la parte
débil (en mitad del compás).

Como
curiosidad, quisiera hacer constar la semejanza de este procedimiento
con uno de los más característicos del minimalismo: el desplazamiento
gradual de fase. Por ejemplo, Steve Reich lo usa en una de sus obras
más famosas: Drumming. Este procedimiento consiste en que
dos o más instrumentos (que tocan una misma melodía o un mismo patrón)
dejan de tocar sincronizados y uno empieza a adelantarse al otro
hasta que queda a una distancia –por ejemplo– de una semicorchea.
El resultado, partiendo del mismo material inicial, es muy diferente
y mucho más rico, y el proceso puede repetirse más veces. En el
pasaje que nos ocupa del preludio de El oro del Rin, Wagner
ha hecho lo mismo con las trompas, aunque obviamente no ha habido
un desplazamiento gradual, sino que las trompas han empezado ya
fuera de fase. Ya hemos dicho que cada una entra en un compás. Sin
embargo, el resultado es muy semejante: con una sencilla melodía
se consigue un sonido muy rico y variado, en constante movimiento,
pero con sensación de estatismo por no cambiar de tonalidad. Me
pregunto si algunos minimalistas no habrían mirado de reojo a Wagner
cuando "inventaron" el desplazamiento gradual de fase.
Volviendo
al preludio, cuando las ocho trompas han expuesto el motivo original
de la Naturaleza, todas comienzan a hacer (también por turnos) un
arpegio descendente en Mi bemol mayor, pero ahora con blancas con
puntillo. En esta ocasión, serán las trompas primera, segunda, tercera
y cuarta las que entren en la parte fuerte del compás, mientras
que las trompas quinta, sexta, séptima y octava lo harán en la parte
débil. Y lo repetirán así durante el resto del preludio.

Mientras
las trompas empiezan con el arpegio descendente, la tuba contrabajo,
el clarinete bajo y los trombones refuerzan a los contrabajos y
fagots en el acorde de quinta grave.
3)
32 compases: la cuerda ejecuta un arpegio que asciende con un movimiento
oscilante, mientras que los fagots y las flautas tocan una melodía
ascendente basada en el acorde de Mi bemol mayor
Hasta
aquí la sensación musical ha sido de estatismo, pero a partir de
ahora empieza el movimiento: los violonchelos comienzan a interpretar
un arpegio basado en el acorde de Mi bemol mayor, que constituye
el motivo definitivo de la Naturaleza.

Los
fagots, por su parte, tocan otra melodía (también basada en el acorde
de Mi bemol mayor) que será la que se desarrollará en las maderas.

Juntos,
chelos y fagots repiten sus respectivos temas, cada vez más agudos;
conforme vayan subiendo los fagots se verán reforzados
por las flautas, mientras que el tema
de los chelos pasa luego a las violas y por fin a los violines.
Cuando
todos llegan al punto más agudo, las maderas repiten
los dos últimos compases, mientras que la cuerda
interpreta su arpegio pero ahora descendiendo
en cada repetición.

El
mes que viene veremos la primera transformación del motivo definitivo
de la Naturaleza y su exposición en lo que queda del preludio.
Bibliografía:
- Deryck
Cooke, Der Ring des Nibelungen – An introduction, DECCA 443581-2
-
Martin Gregor-Dellin, Richard Wagner, Alianza Editorial,
Madrid, 1983.
-
Richard Wagner, Das Rheingold, Dover, Nueva York, 1985
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